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¿Cómo capacitar a un agricultor, un vendedor de piso, un conductor o un operario de planta que no tiene correo electrónico, probablemente tampoco una computadora y que no puede abandonar su puesto de trabajo para tomar un curso?
La respuesta que encontró hackü no fue crear otra aplicación que los trabajadores tuvieran que aprender a utilizar. Fue llevar el aprendizaje hasta el lugar donde ya estaban: WhatsApp.
La startup colombiana convirtió el servicio de mensajería en un canal para capacitar, comunicar y, cada vez más, automatizar procesos entre las empresas y su fuerza laboral sin escritorio. Su propuesta ya llegó a compañías como AB InBev, Grupo Modelo y Adidas, además de organizaciones educativas como el Tec de Monterrey.
La evolución refleja un cambio en la manera de entender la capacitación corporativa: si el trabajador no puede ir a la plataforma, la plataforma tiene que llegar hasta él.

El problema estaba antes del contenido
hackü nació con una idea relacionada con el aprendizaje, pero sus fundadores descubrieron rápidamente que tener buenos contenidos no garantizaba que alguien los consumiera.
La compañía comenzó en 2018 como una plataforma de cursos en línea. El modelo, sin embargo, no logró atraer a los usuarios que buscaban. El problema estaba menos en lo que enseñaban que en la forma de acceder al aprendizaje.
Juan Simón Salazar, uno de los fundadores y actual CEO de hackü, explicó que la solución fue utilizar un canal que las personas ya dominaban:
“Pusimos el contenido a través del canal que las personas utilizan todos los días, en forma de un chat. Es algo que no tenemos que enseñarle a nadie: los seres humanos llevamos muchos años aprendiendo a chatear”.
La compañía comenzó así a utilizar WhatsApp para entregar cápsulas de aprendizaje y acompañar a los usuarios mediante conversaciones. La lógica era sencilla: en lugar de pedirle a un trabajador que entrara a un LMS, recordara una contraseña, buscara un curso y reservara tiempo para completarlo, el contenido podía aparecer directamente en su teléfono.
La propuesta encontró su primer gran caso de uso cuando una empresa necesitaba capacitar a las operarias de una planta en seguridad y salud laboral. Sacarlas de sus puestos implicaba costos y una plataforma tradicional tampoco resultaba viable para personas que, en algunos casos, ni siquiera tenían correo electrónico.

De cursos a una infraestructura de comunicación
Con el tiempo, hackü dejó de ser únicamente una herramienta de microaprendizaje. La compañía actualmente combina cápsulas educativas, gamificación, asistentes de inteligencia artificial y herramientas para medir el impacto de los procesos de formación. Su plataforma permite distribuir contenido por WhatsApp, Teams, Slack y otros canales que los usuarios ya utilizan.
El cambio también modificó la pregunta que las empresas hacen a la tecnología. Ya no se trata solamente de cómo capacitar a sus trabajadores, sino de cómo mantener una comunicación constante con personas que pasan buena parte de su jornada lejos de un escritorio.
Desde esa perspectiva, una capacitación puede convertirse en una conversación. Y esa conversación puede evolucionar hacia una solicitud de información, un certificado, un trámite o una consulta.
“Las personas no solo quieren aprender, sino que también quieren resolver otro tipo de solicitudes hacia su empresa: documentos, certificados laborales, solicitud de vacaciones, incapacidades”, señaló Salazar.
La compañía está avanzando precisamente hacia ese punto: pasar del aprendizaje a la comunicación y, posteriormente, a la automatización de diferentes interacciones entre empleados y empresas.
Inteligencia artificial para personalizar el aprendizaje
El sistema puede personalizar el aprendizaje según cada persona, mantener conversaciones y adaptar las interacciones a una ruta específica de formación. Esto permite que la experiencia deje de ser una secuencia idéntica para todos los empleados.
La plataforma también incorpora asistentes capaces de responder preguntas relacionadas con productos, procesos y estrategias de venta. Su sitio reporta más de 300,000 estudiantes impactados, más de 5 millones de cápsulas educativas enviadas y presencia en 10 países.
El modelo apunta a un segmento que durante años quedó fuera de buena parte de la transformación digital empresarial: los trabajadores que realizan sus actividades en tiendas, fábricas, campos, centros de distribución, rutas o puntos de atención.
AB InBev, Adidas y el Tec de Monterrey, entre sus clientes
La propuesta de hackü comenzó a escalar entre organizaciones que necesitan llegar a grandes grupos de trabajadores sin interrumpir sus operaciones.
Entre sus clientes en México se encuentran AB InBev, Adidas y la Universidad Panamericana, además del Tec de Monterrey, mientras que en Colombia trabaja con organizaciones como Universidad EAFIT, COMFAMA, Bavaria y SURA.
La empresa sostiene que el modelo genera también eficiencias para sus clientes: según la información proporcionada por hackü, 90% de sus clientes consigue ahorrar alrededor de 60% frente a sus métodos anteriores de capacitación, mientras algunos usuarios han incrementado sus ingresos entre 10% y 50% después de completar los programas.
La compañía también señala que 85% de sus clientes ha mejorado la eficiencia en la transferencia de conocimiento.
El equipo que convirtió el chat en producto
Detrás de hackü están Juan Simón Salazar, Alejo Duque y Guillermo Jaime Calderón.
Salazar lidera actualmente la empresa como CEO. Alejo Duque, amigo de Salazar desde la universidad, se incorporó inicialmente desde el área de desarrollo y asumió el liderazgo tecnológico. Guillermo Jaime Calderón se sumó posteriormente como late founder y tuvo un papel decisivo en la expansión internacional.
Fuentes públicas también identifican a Alejandro Duque, Guillermo Jaime y Juan Simón Salazar como los fundadores de hackU.
La llegada de Guillermo Jaime ocurrió en uno de los momentos más difíciles de la compañía. Después de que el modelo inicial no funcionara como esperaban, el equipo tuvo que replantear el negocio y encontrar una nueva dirección.
Ese proceso terminó convirtiéndose en una de las características de la historia de hackü: la empresa no encontró el mercado simplemente desarrollando más tecnología, sino entendiendo cómo trabajaban y aprendían las personas a las que quería llegar.
Actualmente, el equipo está compuesto por alrededor de 35 personas distribuidas entre México, Colombia y España.
El capital que impulsó la expansión
El crecimiento de hackü también ha contado con respaldo de inversionistas de capital emprendedor.
En 2021, la compañía levantó US$300,000 en una ronda en la que participaron Wayra, el hub de innovación de Telefónica Movistar; Grupo Corbeta; y MatterScale. Los recursos estaban destinados a impulsar la expansión regional y el desarrollo de producto.
Wayra explicó entonces que había invertido en hackü por su capacidad para utilizar WhatsApp como canal de formación y llegar a trabajadores en distintos ámbitos laborales.
Posteriormente, Rockstart también incorporó a HackU a su portafolio de startups EdTech, donde la describe como una alternativa de aprendizaje para trabajadores sin escritorio basada en microcontenidos.
Entre los inversionistas vinculados a la compañía también aparecen Redwood Capital y Wayra, junto con MatterScale y Rockstart, de acuerdo con la información proporcionada sobre la trayectoria de hackü.
MatterScale, por su parte, mantiene a HackU dentro de su portafolio y la describe como una compañía enfocada en llevar educación de calidad a la fuerza laboral sin escritorio mediante lecciones cortas por WhatsApp.
TecPrize: convertir el premio en una puerta comercial

Uno de los movimientos más interesantes de hackü llegó con TecPrize, el programa de innovación abierta del Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey.
La startup fue una de las ganadoras y recibió un premio de US$10,000. Sin embargo, Salazar decidió utilizar ese reconocimiento de una manera distinta: en lugar de tratarlo únicamente como capital, convirtió el premio en créditos de servicios de hackü para experimentar dentro del propio Tec de Monterrey.
La lógica detrás de la decisión era buscar una relación comercial de largo plazo.
“Los emprendedores no necesitamos que nos regalen dinero, necesitamos ganárnoslo generando valor”, explicó Salazar. La estrategia permitió que hackü utilizara el programa como una puerta de entrada para probar su tecnología dentro de una institución de gran escala.
El resultado fue que el Tec de Monterrey se convirtió en cliente activo, con distintos pilotos en marcha.
Para Salazar, además, el valor de TecPrize no estuvo solamente en el dinero recibido:
“TecPrize es exposición gratis. Lo que más le cuesta a un emprendedor es darse a conocer en los foros adecuados, y TecPrize es un foro adecuado”.
La experiencia muestra otra dimensión de los programas de innovación abierta: para una startup, el acceso a un potencial cliente puede tener un valor mayor que el premio económico inicial.
De la capacitación a la relación laboral
El siguiente capítulo de hackü puede ser incluso más ambicioso que el que la llevó hasta aquí. La empresa ya no está tratando únicamente de conseguir que un trabajador complete un curso. Su objetivo es convertirse en un canal permanente de interacción entre las organizaciones y las personas que las mantienen operando.
En ese escenario, WhatsApp deja de funcionar solamente como una herramienta de mensajería. Puede convertirse en una interfaz para aprender, recibir información, resolver dudas, obtener documentos, realizar solicitudes y completar determinados procesos.
Ese cambio también explica por qué la inteligencia artificial resulta relevante para la compañía. Si la interacción deja de limitarse a enviar contenido y comienza a convertirse en una conversación, la tecnología puede automatizar una parte cada vez mayor de esa relación.
Cuando la tecnología empieza por el canal que ya existe
La historia de hackü deja una lectura interesante para el mercado latinoamericano: la innovación no siempre consiste en crear una nueva plataforma, sino en eliminar la necesidad de aprender a usarla.
El principal activo de la startup no es solamente su contenido, su inteligencia artificial o su sistema de medición. Es haber identificado que millones de trabajadores ya tenían en sus manos una herramienta que utilizaban diariamente y que podía convertirse en la puerta de entrada a servicios empresariales.
Esto reduce una de las barreras más difíciles de la transformación digital: lograr que las personas adopten una tecnología nueva.
Para las empresas, el modelo puede representar una forma más eficiente de conectar con trabajadores que históricamente quedaron fuera de los sistemas corporativos diseñados alrededor del correo electrónico, las computadoras y las plataformas internas. Para hackü, el desafío ahora es demostrar que esa ventaja inicial puede convertirse en una infraestructura de comunicación empresarial mucho más amplia.
Si logra hacerlo, WhatsApp habrá sido apenas el punto de entrada. El verdadero negocio de hackü estaría en convertir una conversación cotidiana en una nueva capa digital entre las compañías y una fuerza laboral que, durante años, quedó al margen de las herramientas corporativas tradicionales.
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