Pequeños números

Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, allá por los años setenta, pusieron de manifiesto cómo los humanos creemos en la «ley de los pequeños números». Esto es, generalizar a partir de muestras pequeñas.

Los impulsores de la teoría prospectiva demuestran uno de nuestros sesgos cognitivos más torpes y frecuentes: creer que aquello que hemos observado en una pequeña muestra es representativo de la población en general. La percepción, la intuición, mediada por nuestros sesgos (otra vez), se imponen a la estadística, al cálculo, a la lógica.

Steven Pinker, en una entrevista reciente, argumenta con precisión por qué los sesgos nos explican tan bien cómo somos y, a la vez, nos hacen tan inexplicablemente lerdos: «Las herramientas del razonamiento, incluyendo la teoría de la probabilidad, la lógica y la teoría de la correlación, en contraposición a la causalidad, deberían formar parte del currículo formativo» y concluye que «en una sociedad tecnológicamente avanzada deberíamos basarnos en los datos y no en las anécdotas».

Las personas forjamos nuestros propios juicios a partir de sesgos, «atajos heurísticos», que nos ayudan a simplificar la solución de problemas cognitivos más complejos. Atajos rápidos, pero no siempre seguros ni ciertos. Atajos para llegar a un lugar, aunque sea equivocado. Ese es el coste de la simplificación. Y la tendencia a ella es intrínseca a la condición humana.

Aunque, como apunta Kevin Dutton, en su libro Blanco o negro. Cómo vencer al cerebro y escapar del pensamiento binario (Ariel, 2021), simplificar la realidad (ese «instinto de ordenar y categorizar que erosiona nuestra capacidad para ver la variedad infinita de colores que definen el mundo») conlleva posturas y creencias polarizadas cada vez mayores y más peligrosas.

No es tarea fácil. La realidad se ha vuelto más densa, inextricable, compleja e imprevisible. Nos sentimos abrumados con tanta información relevante que no comprendemos (la población mundial genera 2,5 trillones de bytes de información y data al día) y la tentación simplificadora, apriorística y prejuiciosa nos produce una extraña sensación de seguridad cognitiva.

Intuimos que no sabemos nada, pero reconocerlo, hacerse las preguntas adecuadas y dudar de nuestros sesgos se ha vuelto una tarea titánica, aunque imprescindible.

Publicado en: La Vanguardia (17.02.2022)

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