Trolls ha habido siempre. Reventadores de eventos, bufones y el payaso del salón. El troll vive debajo del puente e inventa quejas absurdas con el único fin de llamar la atención.
Sin embargo, hasta hace poco, dedicarse a esto no era precisamente un modelo de negocio viable. Se dice que William Randolph Hearst provocó una guerra solo para vender periódicos, pero claro, muy poca gente era dueña de un periódico…
Las redes sociales cambiaron las reglas del juego. Hoy en día, se puede hackear el algoritmo para ganar notoriedad. Quienes están dispuestos a destruir a los demás a cambio de fama y ganancias a corto plazo pueden sacarle provecho a su egoísmo, generar clics y cobrar por ello. Organizan el equivalente a un choque de autos en plena avenida para facturar gracias al morbo de los curiosos que se frenan a mirar.
Y para colmo, el efecto es multiplicador. Los trolls tienen que superarse entre sí con provocaciones cada vez mayores para que la atención no decaiga.
La lucha libre profesional es una opción de entretenimiento, pero nadie nos obliga a verla.
La solución la tenemos en las narices y no requeriría el esfuerzo de tanta gente para ponerse en marcha: dennos un botón anti-trolls y configuren la plataforma para bloquearlos por defecto. Saquemos a los trolls del mapa, excepto para aquellos usuarios que decidan, por voluntad propia, interactuar con ellos.
Clasificar y medir qué cuenta exactamente como «trolleo» no es tarea fácil, pero estoy seguro de que los magos del algoritmo pueden descifrarlo. Si las plataformas se resisten, deberían ser lo suficientemente honestas como para admitir que el trolleo es una de sus principales fuentes de ingresos, y que están dispuestas a negociar nuestra paz mental y la cohesión social a cambio de unos cuantos dólares.
Es muy probable que tu feed de redes sociales se vuelva un poco menos «divertido», pero la ventaja es que el mundo en el que vivimos mejorará. Y tu día a día también.
Cuando cambiamos los incentivos de quienes buscan atención, sus acciones también cambian.
Uno no puede entrar a un banco con un pasamontañas puesto y esperar que lo traten como a un cliente distinguido. Al final del día, cosechamos la cultura que premiamos.
Columna de Seth Godin, publicada originalmente en seths.blog
