Colombia atraviesa un momento de gran visibilidad para la innovación y el emprendimiento. Basta con ver el despliegue de eventos como TechWeek y Conexión Summit: escenarios llenos de ideas, networking y discursos motivadores. Pero detrás de la vitrina hay otra cara menos glamorosa: la mayoría de quienes deciden emprender se enfrentan a un camino cuesta arriba, marcado por la falta de liquidez y la escasez de mecanismos reales para financiar y escalar sus proyectos.
El relato inspirador sobre la resiliencia del emprendedor se repite en cada foro, pero la evidencia cuenta otra historia. Más de la mitad de las startups en Colombia nunca recibe inversión externa y un 57 % sobrevive únicamente con recursos propios. Eso no es romanticismo ni resiliencia: es precariedad. ¿De qué sirve hablar de innovación si la mayoría de los proyectos depende del bolsillo de sus fundadores?
El problema no es la falta de ideas. El Colombia Tech Report 2025 señala que ya superamos las 2.100 startups, un crecimiento del 24 % en apenas un año. El verdadero problema es la falta de acceso a capital, lo que hace que muchos mueran en el intento. Y es necesario decirlo con claridad: el ecosistema no es inclusivo ni equitativo. No todos tienen las mismas posibilidades de escalar.
El discurso de “emprender es resistir” romantiza la precariedad. No deberíamos aplaudir que un fundador trabaje 14 horas al día y financie su negocio con ahorros personales, sino preguntarnos por qué el crédito y la inversión siguen siendo inaccesibles para la mayoría. Mientras tanto, la tasa de supervivencia de las microempresas en Colombia apenas llega al 33 % a cinco años. En otras palabras: estamos llenando vitrinas con ideas que, en su mayoría, no tendrán la oportunidad de madurar.
El talento está, la creatividad también. Lo que falta es un ecosistema que responda a la realidad: acceso a capital, financiamiento basado en datos y políticas que entiendan que el emprendimiento no puede depender de héroes individuales. La imagen que debemos promover no es la del fundador que lo logra “a punta de sacrificio”, sino la de emprendedores que construyen empresas sostenibles, pequeñas y medianas, que les garanticen calidad de vida y estabilidad. Apuntar a ser “el próximo Rappi” puede sonar inspirador, pero las probabilidades de lograrlo son menores al 0,1 %.
El verdadero reto para la región no es producir más discursos inspiradores sobre emprendimiento, sino crear condiciones mínimas para que las buenas ideas se conviertan en empresas sostenibles.
Necesitamos dejar de romantizar el emprendimiento como una carrera hacia el próximo «unicorno» y empezar a valorarlo como una estrategia viable para construir negocios pequeños y medianos que realmente mejoren la calidad de vida de quienes emprenden. Apostarle a la sostenibilidad, más que a la escala desmedida, es lo que permitirá transformar la economía desde la base y con sentido de realidad.
Columna escrita por: Nicolás Villa, CEO de Platam
