“Samay quiere ser el puente entre la ciencia y la humanidad”

Respirar es un acto automático, casi invisible, hasta que deja de serlo. Para millones de personas en el mundo que viven con enfermedades respiratorias crónicas, cada inhalación puede convertirse en un esfuerzo, una alerta silenciosa que muchas veces llega demasiado tarde al sistema de salud. En ese punto crítico —entre el síntoma que no se reconoce y el diagnóstico que no llega— nace Samay, una startup que está redefiniendo la manera en que entendemos, medimos y cuidamos la salud pulmonar.

Fundada por la médica e investigadora María Artunduaga, Samay surge de una experiencia profundamente humana y se consolida con uno de los niveles de rigor científico más altos del ecosistema medtech global. Su innovación principal, Sylvee, es un dispositivo portátil, no invasivo y de bajo costo que utiliza sonido e inteligencia artificial para analizar el comportamiento del aire dentro de los pulmones, permitiendo detectar y monitorear enfermedades como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) fuera del hospital, en tiempo real y con una precisión antes reservada para equipos clínicos de alto costo.

Respirar con datos: el futuro del cuidado pulmonar

Lo que Samay está construyendo no es solo tecnología: es un cambio de paradigma. Sylvee busca anticipar exacerbaciones respiratorias antes de que el paciente sea consciente de ellas, empoderar a las personas con datos objetivos sobre su propia salud y ofrecer a médicos y sistemas de salud herramientas más tempranas, accesibles y humanas para intervenir. Con una visión binacional, patentes propias y validación científica internacional, la empresa aspira a democratizar el diagnóstico respiratorio, especialmente en regiones como Latinoamérica, donde hoy más del 90% de los pacientes no cuentan con un diagnóstico confirmado.

Invertir en humanidad: la visión detrás de Samay

En este contexto, Pulso Capital conversó con María Artunduaga para explorar la historia detrás de Samay: cómo una motivación personal se transformó en evidencia clínica rigurosa, los desafíos de innovar en un sector altamente regulado, la relación entre inteligencia artificial y responsabilidad médica, el rol de los inversionistas en proyectos de deep tech y la visión de un futuro donde la tecnología no reemplace al médico, sino que fortalezca el vínculo entre paciente, ciencia y humanidad.

Esta entrevista se da además en un momento clave para la compañía: Samay Health fue reconocida con el galardón de CAFI Pitch Season, un hito que valida no solo su propuesta tecnológica, sino también su impacto social y su potencial transformador en la salud global.

Esta es la historia de cómo una pregunta personal puede convertirse en una solución científica, y de cómo respirar —algo tan básico— puede volver a ser un acto de dignidad, prevención y esperanza.

A continuación, parte de la conversación:

Samay nació de una experiencia personal y hoy opera en un entorno científico altamente regulado. ¿Cómo fue el proceso de convertir una motivación emocional en evidencia clínica rigurosa? ¿Qué decisiones clave implicó priorizar el rigor científico por sobre el impulso personal? ¿Y qué historia personal dio origen a la empresa?

Es una pregunta muy poderosa, y tiene varias capas. Déjame empezar por el origen. Yo soy médica y vengo de una familia de médicos. Mi abuela falleció en Colombia a causa de una crisis respiratoria derivada de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), una enfermedad pulmonar obstructiva crónica que muchas personas conocen como bronquitis crónica o enfisema. Ella nunca fue fumadora, pero estuvo expuesta durante décadas al humo de segunda mano, tanto por su padre como por su esposo.

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de ella es verla luchar por respirar. Vivía constantemente sofocada: caminar más de unas pocas cuadras o hacer cualquier esfuerzo físico le resultaba extremadamente difícil. Con el tiempo, sus síntomas se agravaron y comenzó a sufrir exacerbaciones respiratorias cada vez más frecuentes. Estas enfermedades son irreversibles; se pueden controlar, pero cada crisis debilita más el pulmón. En una de esas exacerbaciones, no fue diagnosticada ni atendida a tiempo. Cuando llegó al hospital ya estaba en cuidados intensivos y falleció por complicaciones.

Hace unos siete años empecé a preguntarme por qué ocurrió esto, especialmente viniendo de una familia médica. Lo que descubrimos es algo muy básico pero crítico: cuando los pacientes están en casa, fuera del hospital, todo el sistema depende de que ellos expresen cómo se sienten. Si no identifican a tiempo que algo va mal, la intervención llega tarde.

Ahí nació la idea. Yo combiné esa experiencia personal con mi formación médica y científica. He estudiado y trabajado en universidades como Berkeley, la Universidad de Washington, la Universidad de Chicago y Harvard como investigadora. Mi esposo, Ricardo, es ingeniero, también colombiano, formado en el MIT, con una trayectoria muy fuerte en procesamiento avanzado de señales de audio; trabajó más de once años en Google.

En ese momento me pregunté: si podemos usar sonido para mejorar la audición humana, ¿por qué no usarlo para entender qué está pasando dentro del pulmón? Así nació Sylvee —llamado así por mi abuela, Silvia— un dispositivo que utiliza sonido para hacer resonar el tórax y analizar cómo se comporta el aire dentro de los pulmones.

Este proceso tomó años. Tuvimos que diseñar hardware desde cero, probarlo en más de 450 personas, desarrollar algoritmos completamente nuevos. Nadie antes había usado sonido de esta manera para evaluar el pulmón. Por eso hoy contamos con 17 patentes otorgadas. Logramos replicar, con un dispositivo de unos 70 dólares, datos que antes solo se obtenían con máquinas hospitalarias de más de 80 mil dólares.

Todo esto se ha construido con talento binacional: un equipo fuerte en Colombia, diseño e investigación en Estados Unidos, y una visión profundamente latinoamericana. Eso es Samay

Toda innovación disruptiva suele encontrar resistencias. ¿Qué tipo de barreras han enfrentado por parte de médicos, instituciones o reguladores al proponer un monitoreo continuo y no invasivo? ¿Qué argumentos han sido clave para generar confianza tanto clínica como económicamente?

Este es, sin duda, uno de los mayores retos en salud. Pero hay una ventaja enorme en ser fundadora clínica y técnica: yo no partí de la tecnología, sino de la necesidad médica. Antes de construir cualquier cosa hice más de 250 entrevistas con médicos y pacientes para entender exactamente qué necesitaban.

El dispositivo que buscamos reemplazar es una máquina enorme, costosa, fija en hospitales, que obliga al paciente a desplazarse. Nosotros estamos miniaturizando esa capacidad en un sensor portátil, conectado a internet, que puede usarse en cualquier lugar del mundo.

La respuesta ha sido sorprendentemente positiva. Hasta ahora, ningún médico me ha dicho que sea una mala idea. De hecho, la Sociedad Americana de Tórax nos seleccionó como la historia de éxito del 2025 entre más de 300 startups. Trabajamos de forma muy cercana con neumólogos, científicos de datos, ingenieros, pacientes y reguladores.

Con la FDA (Food and Drug Administration) hemos tenido conversaciones muy transparentes. Presentamos una solicitud de designación “breakthrough”; nos pidieron más evidencia, especialmente por el componente de inteligencia artificial, lo cual es completamente razonable. Ya estamos alineados con ese camino regulatorio hacia 2026.

Además, contar con la validación de aseguradoras ha sido clave. Suramericana, una de las aseguradoras más grandes y prestigiosas de Latinoamérica, con presencia en siete países y más de 20 millones de asegurados, va a invertir un millón de dólares en nosotros. Eso habla de confianza clínica, económica y operativa.

Sylvee busca anticipar exacerbaciones respiratorias incluso antes de que el paciente sea consciente de ellas. ¿Cómo manejan el equilibrio entre predicción algorítmica y responsabilidad clínica, considerando el riesgo de falsos positivos o negativos?

Es importante aclarar que los algoritmos predictivos aún están en desarrollo. En este momento estamos realizando estudios de factibilidad con 200 personas, seguidas durante seis meses. Ya empezamos a observar señales interesantes, pero la predicción clínica robusta requiere estudios pivotales y un poder estadístico muy bien calculado.

Nuestra visión de la inteligencia artificial en salud no es reemplazar al médico, sino asistirlo. El diagnóstico sigue siendo clínico: historia médica, examen físico y estudios complementarios. La IA es una herramienta que facilita, acelera y mejora la toma de decisiones, pero la responsabilidad final siempre recae en el profesional de la salud.

Además, desde el punto de vista regulatorio, la FDA exige que haya un médico claramente involucrado en el proceso. No buscamos automatizar la medicina, sino hacerla más precisa y humana.

¿Cómo logran que este modelo sea accesible para Latinoamérica, una región donde muchas veces la innovación médica resulta inaccesible para la mayoría de la población?

Desde el primer día ese fue un principio no negociable. Cuando diseñamos la solución decidimos usar sensores de muy bajo costo. Nuestro prototipo hoy cuesta alrededor de USD 70 y, a gran escala, bajará a unos 40. Con servicios y nube, el costo total rondará los 100 dólares por dispositivo.

En economías emergentes no se puede aplicar el mismo modelo de precios que en Estados Unidos. Por eso usamos una estrategia cruzada: en mercados desarrollados el precio es mayor y eso subsidia el acceso en Latinoamérica, donde cobramos apenas dos o tres veces el costo.

El impacto es enorme, porque hoy más del 90% de los pacientes respiratorios en países como Colombia no tienen diagnóstico confirmado. Democratizar el diagnóstico permitirá tratamientos más precisos, personalizados y efectivos.

Además, nuestro modelo de negocio incluye colaboración con farmacéuticas y empresas de tecnología médica, que nos pagan por usar el dispositivo en ensayos clínicos y desarrollo de algoritmos. Eso nos permite generar ingresos antes de la aprobación regulatoria sin sacrificar el impacto social.

¿Cuál ha sido el mayor choque con inversionistas y cómo han protegido la visión a largo plazo sin comprometer la sostenibilidad financiera?

Nosotros atraemos inversionistas que entienden lo que implica construir deep tech. Esto no es una app que se lanza en seis meses. La ventaja es que, aunque toma más tiempo, es mucho más difícil de copiar.

También hemos priorizado fondos no dilutivos, como subvenciones gubernamentales y contratos estratégicos. Eso protege el capital de los inversionistas y nos permite crecer con más control. En lugar de levantar rondas grandes y diluirnos temprano, estamos construyendo valor de forma más inteligente.

Nuestro enfoque actual es trabajar con ángeles y grupos de ángeles alineados con la misión, especialmente en Centroamérica, donde queremos escalar la tecnología. Preferimos socios comprometidos con el impacto, no solo con el retorno financiero inmediato.

 

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¿Cómo imaginas que cambiará la relación entre paciente, médico y enfermedad respiratoria en los próximos 10 años? ¿Qué papel quiere jugar Samay en ese nuevo paradigma?

Ese es exactamente mi sueño. Hoy los pacientes diabéticos tienen sensores de monitoreo continuo que les dan datos en tiempo real y les permiten tomar decisiones informadas. Los pacientes respiratorios nos dijeron claramente: “Queremos lo mismo”.

Tener datos objetivos empodera al paciente, mejora la adherencia al tratamiento y fortalece la relación con el médico. También reduce sesgos, especialmente en poblaciones como las mujeres, cuyos síntomas muchas veces son minimizados.

Cuando el paciente entiende su cuerpo, se convierte en el mejor gestor de su enfermedad. Eso reduce hospitalizaciones, mortalidad y costos del sistema de salud. Ya lo hemos visto en diabetes, y ahora queremos llevarlo al mundo respiratorio.

Samay quiere ser ese puente: entre el paciente y su cuerpo, entre la tecnología y la medicina, entre la ciencia y la humanidad. Ese es el nuevo paradigma que queremos ayudar a construir.

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