Elogio de la bonhomía

¿Pueden la afabilidad, la sencillez, la bondad y la honradez en el carácter y en el comportamiento ser competitivas electoralmente? Con estos términos se define bonhomía, según la Real Academia Española. No son muchas las figuras políticas y públicas que, a lo largo de la historia, han sido identificadas con estas virtudes para explicar su éxito y su huella en la memoria colectiva. Nos costará ir mucho más allá de líderes extraordinarios, de gigantes morales como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi.

¿Hay espacio hoy para la bondad amable en política? La bonhomía parece tener menos capacidad de ser decisiva en la actual política y en la democracia de la audiencia: «Una tendencia a la personalización del liderazgo que ejerce la portavocía desde los medios de comunicación y que trasciende a la clásica vinculación con las siglas de los partidos», en palabras del filósofo francés Bernard Manin. Y esto sucede porque, para la mayor parte de la ciudadanía, es más fácil militar en las audiencias me­diáticas que en las organizaciones partidarias. Así, los militantes se transforman en público y audiencia. Los debates se miden por rating, las propuestas por likes y los compromisos por el engagement.

La era del espectáculo político, marcada por la constante competición por la atención de la ciudadanía y el encanallamiento de la retórica, ha hecho que la afabilidad y la amabilidad desaparezcan prácticamente del discurso político. Sin embargo, recuperar la bonhomía como parte central del carácter político es esencial para la regeneración de la democracia. La personalidad de los líderes actúa como un espejo de las emociones ciudadanas y el carácter crispado de la mayoría de ellos refleja la tensión que permea nuestra sociedad actualmente, pero, también, actúa como una cámara de eco que intensifica y retroalimenta esta tensión.

Saber gestionar las emociones de desafección y cansancio de la so­ciedad para canalizarlas a través de liderazgos afables es clave, ya que solo­ promoviendo la bonhomía podremos crear el estado emocional que nos empuje a transformar el mundo y evitar que gane la desesperanza. Que la bondad sea, además de virtud, un requisito para triunfar en política depende también de nosotros. ¡De­jemos de jalear a los miserables, por favor!

Publicado en: La Vanguardia (3.03.2022)

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