Encrucijada

Las consecuencias en los estados de ánimo y de opinión pública al encadenar dos graves crisis consecutivas (pandemia y guerra en Ucrania) son, todavía, imprevisibles. Y de duración, probablemente, muy larga y con cambios profundos en los comportamientos y visiones de lo individual y lo colectivo. ¿Cómo nos afectará? Además, desde la crisis del 2008, la desconfianza de la ciudadanía en la política democrática no ha dejado de crecer. Un estudio de la Fundación Bertelsmann del 2019 (antes de la pandemia) destacaba que en Europa la mayoría de la ciudadanía presentaba un sesgo reaccionario por nostalgia del mundo anterior.

Una encuesta de Eupinions, High expectations, Low Trust (Altas expectativas, Poca confianza), que recopila datos del mes de junio representativos de los 27 países de la UE, destaca, entre otros puntos, que la mayor desconfianza en los políticos se hace presente en España, Polonia e Italia. Es en España (y también en Polonia) donde la percepción de que «las cosas avanzan en la dirección correcta» en el propio país se sitúa en los niveles más bajos. El 75% de la ciudadanía de ambos países manifiesta su desacuerdo con esta afirmación.

Por otro lado, en el informe Under pressure (Bajo presión. La guerra en Ucrania y la opinión pública europea, de Catherine E. de Vries e Isabell Hoffmann), el porcentaje de ciudadanos y ciudadanas de la UE que indica que su situación económica ha empeorado en los últimos dos años ha pasado del 31% al 43%. Italianos y franceses son los más negativos.

En general, las medidas de apoyo a Ucrania en su defensa contra la invasión rusa siguen siendo populares, aunque empiezan a menguar. Al mismo tiempo, aumentan las preocupaciones sobre el futuro y las finanzas personales. Con los precios descontrolados por la inflación y el temor de una mayor perturbación económica en aumento, el sentimiento individualista crece entre las opiniones públicas europeas.

Las fronteras vuelven a generar falsas seguridades entre los sectores populares, incluso en un mundo globalizado. El atajo ultranacionalista se ofrece como refugio para la nostalgia y el miedo. Cuando la democracia se resiente, la solidaridad es imposible. Nuestra encrucijada es clara: no habrá compromiso solidario sin confianza democrática.

Publicado en: La Vanguardia (27.10.2022)

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