La alucinante cosmología de la ignorancia tecnológica

En estos días se ha vuelto a repetir una escena que a los tecnólogos ya debería resultarnos tristemente familiar: Aparece un titular afirmando que los coches autónomos de Waymo no son tal cosa, sino que «son conducidos desde Filipinas por operadores humanos«.

Obviamente, la realidad no es esa, ni tiene sentido describirla así: lo que confirmó un directivo de Waymo en una audiencia ante el Senado de Estados Unidos es que, en casos difíciles, sus sistemas de conducción autónoma pueden solicitar asistencia de operadores remotos, algunos de ellos ubicados en Filipinas, para aportar contexto o sugerencias al software, en ningún caso para tomar literalmente el volante desde miles de kilómetros de distancia. La conducción sigue siendo responsabilidad del propio sistema automatizado, y la intervención humana es una ayuda completamente puntual, no el núcleo del funcionamiento.

Ese mismo impulso hacia el mito ya lo vimos hace poco con la tecnología Just Walk Out de Amazon, hoy desmantelada por la compañía en favor de otros modelos, aunque sigue ofreciéndola a terceros. Circularon titulares afirmando que Amazon había «quitado a los cajeros de sus tiendas y los había mandado a la India» para que vieran desde allí lo que hacían los clientes. Esa simplificación es completamente grotesca: sí, hubo personal subcontratado analizando datos, casos dudosos, y apoyando el entrenamiento de los sistemas, pero en ningún caso fue una externalización masiva de cajeros, ni mucho menos un «sistema escondido» de vigilancia humana que reemplazaba a la tecnología. Ese relato, simplemente, no es verdad.

Lo que une estos relatos no es la verdad, sino una auténtica cosmología de la ignorancia tecnológica. Es el mismo individuo que se niega a aceptar que un coche pueda circular sin conductor humano físicamente presente, o que un conjunto de cámaras y sensores pueda reconocer qué productos has tomado de una estantería, el que de inmediato abraza y reproduce un titular que, según él y su suprema ignorancia, «demuestra» que todo era una ilusión o un engaño. No porque haya evidencia sólida, sino porque esas historias encajan con su idea preconcebida de cómo debe funcionar el mundo.

La tecnología avanzada incomoda a quien prefiere explicaciones binarias: o es completamente humana o es completamente automática. La complejidad, esa que integra el software sofisticado, la inteligencia artificial, la supervisión humana en puntos estratégicos y los sistemas redundantes, no entra bien en titulares ni en compartidos de redes sociales. Así que cuando aparece una narrativa simplista que pone el foco en una supuesta farsa, se convierte en refugio ideológico.

El resultado es perverso: da igual cuántos artículos rigurosos se publiquen, cuántos ingenieros expliquen cómo funcionan realmente estos sistemas o cuántos datos se aporten para contextualizar. El mito persiste, y resurge cada cierto tiempo en las discusiones disfrazado de «revelación». Eso no ocurre porque la tecnología no funcione, sino porque quienes quieren desacreditarla buscan confirmaciones fáciles para sus prejuicios.

Este fenómeno no es inocente. No se trata solo de corregir un titular falso, sino de entender que estamos ante una narrativa cultural que preferimos porque es más cómoda. Frente a un mundo tecnológicamente complejo, se elige el consuelo de la fábula, del mito, del «te pillé». Y así, en lugar de discutir sobre qué grado de automatización es razonable, cómo se regulan estos sistemas o qué implicaciones laborales reales existen, acabamos atrapados desmintiendo estúpidas leyendas urbanas digitales. Y por supuesto, como reza la ley de Brandolini, también conocida como «principio de asimetría de la estupidez», la cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas. Así que, durante mucho tiempo a partir de ahora, veremos aparecer en discusiones la suprema chorrada de que los coches autónomos se conducen desde Filipinas. Que sirva simplemente para calificar el intelecto del imbécil al que se lo escuchemos decir.

La cosmología de la ignorancia no se combate con artículos bien intencionados, sino con una conversación pública que exija rigor, contexto y la voluntad de aceptar que la tecnología no es magia ni ilusión, sino una construcción compleja que no encaja en simplificaciones cómodas. El desafío no es demostrar que los coches se conducen solos o que un sistema de visión computerizada «sabe» lo que compras: el desafío es hacer que la sociedad esté dispuesta a entenderlo. Y eso, como muestran una vez más estos absurdos mitos reciclados de cuñados, es todavía lo más difícil.

Columna original de Enrique Dans, publicada el 10 de febrero en su sitio oficial.

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