Putin: ¿Y ahora qué?

¿Se atreverá? ¿Es Vladímir Putin un sociópata nihilista que no valora la vida humana y estaría dispuesto a usar armas nucleares contra sus enemigos? ¿O es, más bien, un hábil negociador que utiliza la amenaza nuclear para extraer concesiones de sus rivales? Estas son las preguntas que en estos días le quitan el sueño a los militares, diplomáticos y espías estadounidenses y a sus aliados. También a la gente común.

Durante décadas, la llamada doctrina de aniquilación mutua asegurada sirvió para disuadir a los líderes del mundo que pudieran verse tentados a usar armas nucleares. Su utilización garantizaba la retaliación con armas similares y, por lo tanto, la muerte de centenares de millones de personas y la devastación de ciudades enteras. No habría vencedores. Pero, ahora, las cosas parecen haber cambiado.

Hace unos días, William Burns, el respetado director de la CIA, reconoció públicamente que a Estados Unidos le preocupa la posibilidad de que Rusia intente usar armas nucleares tácticas en Ucrania. Burns afirmó: “Dada la desesperación del presidente Putin y del liderazgo ruso ante los reveses militares que han sufrido, ninguno de nosotros toma a la ligera la amenaza de que Rusia recurra al uso de armas nucleares tácticas o armas nucleares de menor calibre”. La CIA “observa esto muy atentamente”, dijo Burns, aunque también aclaró que aún no han detectado señal alguna de que Rusia se esté alistando para dar ese paso.

Es obviamente preocupante que el futuro de la humanidad dependa de las decisiones de una sola persona. Reconociendo esto, y tomando en cuenta la inaceptable conducta de Rusia en Ucrania, es natural que se esté haciendo un gran esfuerzo para entender la psicología de Vladímir Putin.

Burns, quien también fue embajador de EE UU en Rusia de 2005 a 2008, y quien luego ocupó altos cargos en el Gobierno de Washington, es el funcionario estadounidense que más interacciones personales ha tenido con Vladímir Putin. En su libro de memorias, publicado en 2019, Burns revela que la característica más notable del líder ruso “es su pasión por el control, fundada en una profunda y constante desconfianza de quienes lo rodean, bien sean miembros de la élite rusa o líderes de otros países”.

Burns especula que la forma de pensar de Putin se nutrió tanto de su formación como espía de la KGB como de sus experiencias de niño y adolescente en las violentas calles de Leningrado durante los años de la posguerra. El mismo Putin ha dicho que en ese contexto urbano “los débiles reciben palizas”. Es probable que de esta percepción le venga su largo interés por el yudo.

Andrew Weiss es otro reconocido experto en Rusia que ya en 2014 destacaba que “Putin está mucho más aislado de sus principales contrapartes extranjeras que en cualquier otro momento de su mandato. Después de casi 15 años al mando y últimamente en el centro de la atención mundial [por la toma de Crimea], Putin se ve a sí mismo como un gigante entre los débiles que no están a su altura y que no pueden competir con él.”

Ocho años después, ¿habrá Putin cambiado esta percepción? Seguramente, sus recientes desventuras militares en Ucrania le habrán abierto los ojos a las debilidades de sus Fuerzas Armadas y a las sorprendentes fortalezas de los ucranios y de la coalición de países que lo enfrentan. Pero hay aspectos de la personalidad de Putin que no parecen haber cambiado. Burns, el director de la CIA, dijo hace poco que lo largo de los años ha observado “cómo Putin se ha venido cebando con una combustible combinación de agravios, ambición e inseguridad”.

Es muy difícil saber lo que Putin puede estar planeando. Pero, él mismo nos ha explicado cómo piensa. Sabemos, por lo tanto, que su visión del mundo pertenece al siglo XIX: una comunidad internacional anárquica donde lo único que importa es el poder militar. Sus enemigos, mientras tanto, vivimos en el siglo XXI. El presidente Zelenski, por ejemplo, luce más a gusto dando un discurso en los premios Grammy que en corbata ante el Gabinete. Mientras Zelenski siempre anda con una camiseta militar verde oliva, Putin claramente prefiere ser visto con traje y corbata. Zelenski recibe a sus constantes visitantes con relativa informalidad en sus oficinas fortificadas con sacos de arena; Putin, en cambio, los obliga a sentarse al otro extremo de su nueva mesa blanca de seis metros de largo.

Es difícil acostumbrarnos a pensar con los mismos criterios geopolíticos que prevalecían en el siglo XIX. La visión según la cual lo único que importa es el poder de fuego de cada bando es antigua y caduca. Preferiríamos no tener que pensar así. Pero parece que Vladímir Putin no nos va a dejar esa opción.

Publicado en: El País (16.04.2022)

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