Cuando surge una nueva tecnología, suele presentarse sin pulir, poco definida y algo inestable.
A medida que gana terreno, las industrias y procesos existentes empiezan a sentirse amenazados, muchas veces antes de que las alternativas que trae esa nueva tecnología estén realmente listas.
Así ocurrió con Napster frente a la industria musical, o el correo electrónico frente al fax, o la televisión frente a la radio. Lo mismo pasó con las compras en línea, los teléfonos inteligentes y el aprendizaje virtual.
La parte más crítica es el precipicio: un punto agudo donde el cambio es inevitable, pero también se siente cargado de tensión. Es la mayor distancia entre el miedo y la esperanza. Es el momento en que el temor dentro de las industrias tradicionales llega a su punto máximo, y aún no está claro si la nueva tecnología podrá absorber la energía, la inversión y la atención de quienes sienten que las viejas formas de trabajar se les están escapando de las manos.
Hoy estamos viendo el inicio de esa fase con la inteligencia artificial.
Las personas están preocupadas por el futuro de sus métodos tradicionales, o bien lo niegan y prefieren ignorar lo que ocurre a su alrededor.
Nunca he visto una transición suave entre regímenes tecnológicos, y no espero que esta lo sea. Pero que no sea suave no significa que no vaya a ocurrir.
Las organizaciones y los líderes no pueden esperar a que los próximos pasos sean obvios y seguros. Para ese momento, ya será demasiado tarde.
