Durante años, en América Latina hemos repetido el mismo diagnóstico: a las empresas les falta acceso a crédito. Pero esa explicación, aunque cómoda, se quedó corta. El verdadero problema no es la falta de financiamiento; es que normalizamos un modelo donde las empresas financian mal, y a costa propia.
Para los mayoristas y distribuidores, vender hoy para cobrar en 90 o 120 días sigue viéndose como una práctica natural. No lo es. Es una distorsión estructural que convirtió a miles de empresas en bancos accidentales, obligándolas a sostener la operación de sus clientes con su propio flujo de caja. No es una estrategia financiera; es una renuncia silenciosa a crecer.
Lo más preocupante no es que exista este modelo, sino que lo hayamos aceptado como parte del juego. En una región donde más del 50 % de las MiPymes depende del crédito de proveedores para operar, la conversación sigue girando en torno a ampliar el acceso al crédito, cuando en realidad deberíamos estar cuestionando cómo y quién está financiando el comercio.
Porque el problema no es solo de acceso. Es de diseño.
Hoy, gran parte del capital de trabajo está atrapado en cuentas por cobrar que sí rotan, pero a la velocidad y bajo las condiciones del cliente, no del negocio que necesita la liquidez. En un entorno donde la velocidad define la competitividad, mantener liquidez inmovilizada no es una ineficiencia menor: es una desventaja estructural frente a mercados más desarrollados.
Aquí es donde empieza a cambiar la conversación. Modelos como el BNPL B2B no son simplemente nuevas formas de pago; son una corrección a un sistema que trasladó el riesgo y el costo del financiamiento a quien menos debería asumirlo: el proveedor.
Lo relevante no es la tecnología en sí, sino lo que corrige. Permite que el vendedor reciba su pago de inmediato, profesionaliza la gestión del riesgo con datos y convierte el financiamiento en una capa integrada a la transacción, no en una negociación informal posterior.
Pero incluso esto es secundario frente a la discusión de fondo: América Latina no necesita más crédito; necesita dejar de financiarse mal.
Mientras sigamos operando bajo un modelo donde vender implica esperar y asumir el costo de esa espera, cualquier avance en inclusión financiera será parcial. El comercio no puede seguir dependiendo de la paciencia financiera de quien produce.
El punto de inflexión no está en crear más productos financieros, sino en rediseñar la lógica sobre la que se mueve el dinero en la región. Porque en el comercio, como en cualquier sistema, la eficiencia no se mide por cuánto se vende, sino por qué tan rápido ese valor se convierte en liquidez real.
Por Nicolás Villa, CEO de Platam
