Las palabras son las armas de Trump

«Les doy la bienvenida al nuevo Departamento de Guerra —la era del Departamento de Defensa ha llegado a su fin—». Con estas palabras, el secretario de Defensa de Donald Trump, Pete Hegseth, anunció un cambio radical del rol y misión de su departamento y de las Fuerzas Armadas. A finales de septiembre, en una reunión excepcional y forzada, Hegseth convocó a más de 800 generales y almirantes del ejército estadounidense en la Base del Cuerpo de Marines de Quantico, en Virginia, a pocos kilómetros de Washington D. C. Muchos de ellos viajaron durante horas para escuchar la proclama encendida del secretario. El despliegue escénico y litúrgico de la reunión fue inédito, inusual en tiempos de paz y grandilocuente. Como todo lo que rodea a la comunicación de Trump y su entorno. El secretario buscó un momentum histórico, aunque no fue más que un momento histriónico, excesivo y poco profesional. Pero lo anunció. Y esa es la realidad, y el dato.

Todos los excesos de Donald Trump, que van desde las amenazas provocadoras a las burlas groseras, las comparaciones hirientes o los desprecios públicos, dibujan una personalidad narcisista y «alcohólica» como la definió Susie Wiles, la todopoderosa jefa de gabinete del presidente. Y, aunque nos escandalicen, muestran algo muy relevante: Trump no puede dejar de decir lo que piensa y lo que hará. Actúa ya sin contención, sin cinturón de seguridad, sin airbag. Su necesidad de protagonismo absoluto y global le lleva a transparentar sus obsesiones y visiones. Ya no hay cálculo, ni subestimaciones posibles. Trump se muere por hacer realidad todas sus fantasías verbales, por convertir el verbo en acto. Ya no tiene marcha atrás. Y el mundo está avisado. No hay que especular, interpretar o descifrar. Es todo diáfano, groseramente diáfano. «Les doy la bienvenida al nuevo Departamento de Guerra», nos advirtieron.

El discurso de Hegseth y las últimas declaraciones de Trump reflejan que las palabras —aunque sin ninguna, ni deseada, brillantez literaria— ya son las armas preferidas de esta megalómana visión imperial. Un discurso zafio, brutal, agresivo y faltón. Pero cada vez más mimetizado y subsidiario de la militarización de la política (de la disuasión a la acción)… y de la comunicación. No solo se militarizan los conflictos, sino también la escenografía del poder: operaciones «quirúrgicas», guerra como espectáculo mediático, liderazgo performativo (Trump como showrunner). La política exterior se convierte en contenido para consumo interno.

Para comprender más el rol del lenguaje —y su escenificación— en el hiperliderazgo de Trump, hay que recurrir a los semiólogos, filólogos y lingüistas. El libro Contra el fascismo replica una conferencia dictada por el semiólogo italiano Umberto Eco en la Universidad de Columbia (Nueva York, EE UU) el 25 de abril de 1995. Eco se proponía alertar sobre el hecho de que el fascismo puede retornar en cualquier momento, y no hay que esperar a que tenga la misma forma que tuvo en los movimientos y gobiernos totalitarios que asolaron a Europa antes de la II Guerra Mundial. El autor parte de la base de que «las costumbres lingüísticas son a menudo síntomas importantes de sentimientos no expresados». Por eso, las palabras son las nuevas cartografías mentales y físicas. Trump expresa sentimientos ocultos, inconfesables, vergonzantes. Despierta al autócrata, misógino y racista que llevamos dentro. Eco advierte del «culto a la acción por la acción». La acción es bella de por sí y, por lo tanto, debe actuarse sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso, la cultura es sospechosa, ya que se la identifica con actitudes críticas. En síntesis, para Eco el fascismo está a nuestro alrededor, pero con formas mucho menos reconocibles de las que queremos creer. Puede volver y hacerlo con las apariencias más inocentes. Por eso, enfatiza que nuestro deber es desenmascararlo y señalar cada una de sus formas nuevas».

Trump, a pesar de su pobreza de léxico y argumental, está usando —como una brocha gorda— las palabras para redefinir los límites del mundo, los límites del pensamiento. Y lo hace no porque sepa, crea o quiera…, sino porque puede. «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», afirmó el filósofo Ludwig Wittgenstein, destacando la profunda conexión entre el lenguaje y nuestra comprensión del mundo. Nunca una cita fue más oportuna.

Volvamos al discurso de Hegseth y a su temeraria fascinación por proclamar su visión, a su irrefrenable deseo de romper límites, a su necesidad vital de demostrar que puede hablar sin contención: «La guerra es algo que se libra según nuestras propias condiciones y con objetivos claros. Luchamos para ganar. Desatamos una violencia aplastante y punitiva sobre el enemigo. Tampoco luchamos con reglas de combate estúpidas. Damos carta blanca a nuestros combatientes para intimidar, desmoralizar, perseguir y matar a los enemigos de nuestro país». Todo muy claro, premonitorio y profético.

Columna original de Antoni Gutiérrez-Rubi, publicada en El País.

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