En un sábado frío y nublado en Laredo, Texas, un flujo constante de ciudadanos mexicanos cruza el puente internacional hacia Estados Unidos. Muchos se dirigen a hacer compras o a visitar a familiares. Otros, como Ángel Hernández, de Nuevo Laredo, hacen el cruce por otra razón: vender su plasma sanguíneo.
“Aquí nos dan apoyo económico, y eso ayuda”, dijo Hernández en español al salir del Centro de Plasma Grifols, a pocas cuadras del puente. En este viaje ganó 120 dólares, una suma significativa al convertirla a pesos. Dijo que hace el recorrido dos veces por semana, solo para donar.
Lo mismo hace José García, también de Nuevo Laredo. Calcula que “mucha gente de México hace esto”.
Acababa de terminar de donar; una venda azul en el codo cubría el lugar donde había estado la aguja. Dijo que se siente bien siempre que coma, duerma y se hidrate adecuadamente. Estos donantes forman parte de un sistema transfronterizo que se ha vuelto vital para el suministro mundial de medicamentos derivados del plasma. Estados Unidos alberga la gran mayoría de los centros de recolección de plasma del mundo y proporciona aproximadamente el 70 % del plasma utilizado para fabricar terapias para pacientes a nivel global.

Un sistema clave para medicamentos vitales
El plasma —el componente de color pajizo y pálido de la sangre— se procesa para producir terapias que tratan deficiencias inmunológicas, trastornos hemorrágicos y otras afecciones graves. Para los pacientes que dependen de esos medicamentos, cada donación cuenta.
Los defensores del sistema sostienen que pagar a los donantes es justo y esencial. Peter Martin Jaworski, profesor de la Universidad de Georgetown que estudia la industria del plasma, señala que esos donantes mexicanos están ayudando a pacientes mucho más allá de la frontera.
“Uno de cada diez litros proviene de un mexicano que cruza la frontera hacia Estados Unidos”, dijo. “Eso representa un beneficio enorme para los pacientes en Estados Unidos que es otorgado por personas de México”.
En Estados Unidos, a los donantes de plasma se les permite donar hasta dos veces por semana, o 104 veces al año, una de las frecuencias más altas permitidas en el mundo. Estudios de la industria sugieren que los donantes suelen ganar entre unos 30 y 70 dólares por sesión, aunque algunos centros y promociones pagan más.
Para personas que viven al día a ambos lados de la frontera, ese dinero puede funcionar como una válvula de alivio financiero: una forma de cubrir renta, servicios o alimentos cuando no hay otra opción.
La zona gris legal de la donación remunerada
Pero el comercio transfronterizo de plasma existe en un rincón turbio de la ley migratoria estadounidense. Los ciudadanos mexicanos que viven cerca de la frontera pueden obtener un documento especial conocido como tarjeta de cruce fronterizo (border-crossing card o BCC), que les permite entrar a ciudades cercanas de Estados Unidos para viajes cortos. Según las normas estadounidenses, las personas que usan visas de visitante o BCC no tienen permitido trabajar en Estados Unidos.
En el papel, la donación de plasma no se considera “trabajo”. Las empresas de plasma describen el dinero que reciben los donantes como un “detalle de agradecimiento” o un regalo por su tiempo, no como salario. Legalmente, se trata como una compensación por un producto biológico, no como un pago por trabajo.
Esa distinción se convirtió en un punto crítico en 2021. Ese año, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés) decidió abruptamente que donar plasma por dinero sí contaba como trabajo y comenzó a rechazar a ciudadanos mexicanos que intentaban cruzar con visas de corto plazo para donar. Las empresas de plasma, incluidas Grifols y CSL Plasma, demandaron a la CBP, argumentando que la agencia se había excedido en su autoridad y había puesto en riesgo el suministro de medicamentos que salvan vidas.
En septiembre de 2022, un juez federal de distrito en Washington, D.C., emitió una orden judicial preliminar que instruyó a las autoridades migratorias a permitir nuevamente que ciudadanos mexicanos con visas B1/B2 y tarjetas de cruce fronterizo vendan su plasma en Estados Unidos mientras el caso sigue su curso.
Aun así, persiste la incertidumbre de fondo: ¿estos donantes están trabajando en Estados Unidos o simplemente reciben regalos por su tiempo?

“No preguntar, no decir”: la ambigüedad en la frontera
La periodista Kathleen McLaughlin, autora de “Blood Money: The Story of Life, Death, and Profit Inside America’s Blood Industry”, sostiene que el sistema depende de una “ficción legal cuidadosamente construida”.
Cuando un ciudadano mexicano cruza el puente usando su tarjeta de cruce fronterizo, se supone que no viene a trabajar, ha dicho. Pero va a recibir dinero por su plasma. Entonces, ¿eso viola su visa?
Por ahora, la respuesta de las autoridades estadounidenses es, en la práctica, “no”, al menos mientras la orden judicial siga vigente y los pagos se traten como algo distinto a salarios.
McLaughlin y otros críticos señalan que esto ha generado una cultura de “no preguntar, no decir” en la frontera. Donantes que ella ha entrevistado dicen que se les aconseja no decir a los funcionarios estadounidenses que cruzan para vender plasma, aunque la práctica es ampliamente conocida en las comunidades fronterizas.
Muchos se quitan las inconfundibles vendas azules antes de volver a cruzar el puente hacia México, con la esperanza de evitar preguntas adicionales.
“Nadie realmente quiere mirarlo demasiado de cerca”, dijo McLaughlin. “Los donantes no, porque necesitan el dinero. Las empresas no, porque necesitan el plasma. Y los gobiernos no, porque cerrarlo podría crear una crisis de salud pública”.
Mientras ese sistema se mantenga, miles de mexicanos seguirán formándose en los cruces fronterizos, vendiendo su plasma para sostener una industria internacional y a los pacientes de todo el mundo que dependen de ella.
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